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miércoles, 21 de septiembre de 2011

Oficina



. . . (Relato)

Falta una semana para que me despidan de mi trabajo temporal. Yo trabajo como recadero en una oficina y han contratado a un nuevo jefe de sección (el anterior, un viejo octogenario adicto a la viagra la palmó en un burdel de Mallorca). El nuevo jefe es una cuarentona de culo gordo, tetas grandes y gafapastas a la que le gusta llevar siempre razón en todo. Se llama Carmen.
A mi me pone bastante. Siempre va vestida con unos trajes muy formales, pero enseñando sus piernas regordetas y dejando siempre desabrochado algún botón más de la cuenta para enseñar el sujetador por el escote. Yo, como sé que me queda poco en la empresa, la miro descarado las tetas y el culo siempre que la veo. Me importa una mierda, incluso cuando me habla yo le miro los pechos y los muslos para tener algo con lo que masturbarme cuando llego a casa. Muchas veces me la meneo en el baño de la oficina pensando cochinadas con Carmen.
Queda poco para que me despidan y se ha roto el aire condicionado de la oficina. Andamos como cerdos sudando a mares a pesar de abrir todas las ventanas, pero apenas hay corrientes de aire para refrescarnos. Carmen me llama para que lleve unos papeles. Entro a su oficina caldeada y me pide que espere un momento, se levanta y sale a buscar algo.
Me acerco a su sillón y compruebo que está húmedo a causa del sudor de ese culo gordo. Me agacho para pegarle una buena esnifada. Un olor fuerte me inunda la nariz y la cabeza me da vueltas. No puedo evitarlo y le pego una buena lamida. Carmen  entra y me pilla lamiéndole el sillón.
Yo me quedo muy cortado y con la cara toda roja. Ella también tiene la cara toda roja, pero de furia. Se me acerca, me da dos guantazos y me dice que dentro de quince minutos pase por recepción para coger la carta de despido.  Me importa una mierda, me lo merezco por cerdo.

Cuando llego a casa me hago una paja pensando en el olor y el sabor del sillón de Carmen. Luego me hago otra paja pensando en los dos guantazos que me dio. Esa noche suena mi móvil. Es Carmen. Me pide perdón por las dos hostias y me pregunta si quiero disculparme o algo.
            Me lo pienso un poco y llego a la conclusión de que me importa una mierda, así que le digo que no quiero disculparme, que me gustó oler y lamer el sudor de su culo y que me acabo de hacer dos pajas pensando en eso. También le digo que no es la primera vez que me la machaco pensando en ella y me cuelga. Dos horas más tarde, en plena madrugada, el sonido del teléfono me despierta.

            Es ella otra vez.

            Quiere saber qué cosas son las que imagino cuando me masturbo pensando en ella. Yo se lo digo y nos tiramos el resto de la noche hablando y masturbándonos por teléfono. 

© Kain Orange 

domingo, 18 de septiembre de 2011

Tornillo

.MUÑECAS.
tornillo


—Ábrela más —ordena el hombre barbudo.

El gordo duda un momento:

—¿Seguro?
—Sí, hombre. Sepáralas.

El tipo gordo vuelve a estirarle las piernas a la chica con evidente esfuerzo. La pobre intenta resistirse como puede pero el gordo la tiene agarrada por los tobillos con tanta fuerza que  está cortando la circulación de los pequeños pies. Ella se queja en silencio apretando los dientes.

—Así, buena chica —el barbudo le pasa una mano llena de roña por la cara a la muchacha, secándole el sudor de las sonrosadas mejillas con unos dedos grasientos —Es guapa la putita ¿eh?

—Vamos, tío, empieza ya que se me cansan los brazos —al gordo le caen goterones de sudor que se quedan colgando en los pelos de las axilas;  luego caen y se meten por los pliegues que rodean su barrigón pellejudo.

En la oscura cámara de torturas hace mucho calor; los dos hombres y la pequeña muchacha están totalmente desnudos. La chavala está encima de una mesa de madera sucia y apolillada. El color de su piel blanquísima contrasta con la madera negra y el óxido de las paredes de metal.

—Ya voy —el barbudo se acopla entre las piernas de la joven —Te voy a romper el culo, putita.

La chica gime y unas lágrimas ruedan por sus sienes.

El barbudo le inserta en el ano su polla, un pene de proporciones inmensas aceitado con el sudor de sus ingles. La muchacha grita y el gordo anima a su compadre:

—¡Reviéntale el culo! ¡Ahí, dale fuerte!
—Ouffff… ¡Qué prieto lo tiene! ¡ÁBRELA MÁS!
—¿Seguro? —el gordo vuelve a dudar.
—¡Qué si gilipollas! ¡Despatarra a esta zorra!

El gordo hace otro esfuerzo y consigue separar los delgados muslos de la chica aún más. Algo suena en el interior de la muchacha y un chillido ensordecedor inunda la cámara de torturas. El barbudo cae al suelo, apretándose la entrepierna. Poco a poco un charco de sangre comienza a extenderse debajo del barbudo y unos chorros de color rojo se cuelan por en medio de sus dedos.

—Ay, ay, ay, ay…

El gordo está muy asustado y no sabe que hacer ni que decir. Simplemente se queda allí de pie, tapándose la boca con las manos, paralizado de horror.

Una voz delicada, sensual e infantil resuena como agua cristalina en la cámara de torturas.

—Debió hacer caso a las recomendaciones del manual.

El gordo mira a la chica con ojos desorbitados y señalando a su amigo le suplica:

—¡Tú! ¡Ven aquí! ¡Ayúdalo!... Por favor.

La muchacha se levanta con cierta dificultad de la mesa, se acerca hasta ellos y se detiene para decir:

—Lo siento. No puedo.
—Pe…Pero… Debes ayudarlo, es tu obligación… ¡Te lo ordeno, niña estúpida!
—Lo siento. No puedo.

El barbudo, mientras se desangra consigue farfullar unas palabras:

—Tío, pide ayuda tú… ay… Ella no puede ayudarme… La adquirí en unos saldos y no dispone de función médica… ouuuuuuuh…

—Pues… ¡Niña, llama al 112, pide ayuda!
—Lo siento. No puedo.

Desde el suelo el barbudo balbucea:

—Tío… tampoco tiene conexión inalámbrica… Aouuuu…
—Pe… ¿Pero qué mierda has comprado, tío?
—Ya te lo he dicho… joder… la pillé en unos saldos de ocasión… en realidad ni siquiera es del tipo “EROS”…
 —¿!¿!QUÉÉÉÉ!?!?

La delicada voz de la chiquilla volvió a reinar en la sala:

—El amo Martínez dice la verdad. Soy una muñeca del tipo “ABACOS”, no he sido diseñada ni construida para realizar interacciones sexuales con seres humanos. El amo Martínez debió hacer caso a las recomendaciones del manual y no usarme como si yo fuese una muñeca sexual cibernética del tipo “EROS”. En este tipo de situaciones, Turing Corp. no se hace responsable de los daños causados por el mal uso de esta unidad. Esta unidad aceptó el juego sexual del amo Martínez sola y únicamente después de explicarle al amo Martinez que mi diseño no era el más indicado para ese tipo de juegos; pero es obligación de esta unidad de obedecer al amo Martínez en todo momento. Lamento lo sucedido —y sonriendo añadió: — ¿Quieren seguir con el juego? ¿Desean que vuelva a la mesa?

El barbudo (el amo Martínez) intenta decir algo, pero sus palabras se pierden en un balbuceo sin sentido y pierde el conocimiento. Al hacerlo, relaja las manos y el despojo sanguinolento en el que se ha convertido su pene queda al descubierto. El gordo, al ver semejante carnicería también se desmaya.

Al despertar descubre que está en un hospital. Su amigo salvó la vida, aunque deberá sufrir varios trasplantes y operaciones en la polla durante varios años. El cirujano le dijo que el causante de la herida fue el tornillo berbiquí que tapona el cárter de las muñecas del tipo “ABACOS”.

—A ese tipo de muñecas se les cambia el aceite por el culo ¿No lo sabían? —dijo con una sonrisa. —Cuando el pene del señor Martínez hizo tope con el tornillo, éste se activó creyendo que era la manguera del aceite. Ese tornillo funciona como un taladro de Arquímedes: extrae el fluido del interior de la manguera sorbiéndolo como si fuera una aspiradora. No le extrajo el escroto y los testículos por la uretra de milagro, je, je, je.

***

".Muñecas." es un viejo proyecto de relatos pensados originalmente para ser guionizados en un cómic. Son historias independientes entre sí pero que comparten un mismo universo ficticio, aunque este universo no siempre es exactamente el mismo en todas las historias.

© Kain Orange

Vecina



Mi vecina Nely era una puta. Era una niña malcriada que comenzó a acostarse con todos los niñatos del barrio en cuanto cumplió los trece años. La típica buscona que siempre está a altas horas de la noche sola con una pandilla de críos, calentándoles a todos la polla con sus escotes, minifaldas, posturitas y chistes verdes. Una calienta braguetas típica.

A los catorce años se quedó preñada del chulo del barrio.  El crio nació muerto. Al chulo del padre lo metieron en la trena por trapicheo de drogas.

Nunca aprende. Parece que le va la marcha: va siempre enseñando las tetas con esos escotes que no dejan nada a la imaginación y con minifaldas tan ajustadas y pequeñas que le puedes ver los pelos del coño asomando por abajo sin necesidad de que se agache. Siempre busca la compañía de los porreros y de los chulitos del barrio. Tatuajes, porros, piercings, trapicheos de drogas y objetos robados… mala gente y mala vida. Pero la muy zorra está como un tren. La muy zorra es muy guapa.

Nely era una cabeza loca que metía a toda su familia en problemas y malos rollos; mal hablada, cínica y prepotente. Se metía en todos los problemas que podía y más. Llegaba borracha a casa a las tantas de la noche, acompañada siempre de uno o más tíos. Una noche entré al portal y la pillé con dos hombres: ella tenía quince años y le comía la polla a uno mientras el otro se la follaba por detrás. Ella me vio. Salí fuera y esperé a que acabasen. Cuando salieron no dejaban de sobarla y besuquearla. Al pasar a mi lado me dio las buenas noches y se partieron el culo de risa. Una semana más tarde uno de ellos se reventó los sesos en un accidente de coche. Iba borracho y sin carné. El coche era robado.

Otra noche me la encontré borracha vomitando y llorando en el centro. Me acerqué para ayudarla y ella me quitó de en medio de un empujón. Se quitó las bragas y me las tiró a la cara diciéndome de todo. Se cayó al suelo, fumada y borracha como una cuba. Yo la dejé allí tirada y me largué, pero al llegar al final de la manzana me di la vuelta, llamé un taxi, la metí dentro y la llevé a su casa. Cuando llegamos se despertó y comenzó a insultarme otra vez. La dejé en el portal y subí a mi casa mientras me gritaba de todo.

Me hice una paja pensando en las bragas que me tiró a la cara.

Otra vez me la encontré dándose el lote en el pub del barrio. El tío era un chulopiscinas de musculitos tatuados, con camiseta de diseño y con la cara llena de piercings y demás chatarra. Ella tenía dieciséis años y le estaba haciendo una paja allí mismo, sentada en la barra. De las veinte personas que allí había diecinueve le estaban mirando. El número veinte era el securata que estaba en la calle. Ella iba tan puesta que ni se enteró de que era el centro de atención. El tío no le avisó de que se iba a correr y le echó todo el esperma en la ropa, los brazos y las manos. Ella le insultó y se limpió las manos en la camiseta de él. El chulopiscinas le agarró a ella de los pelos y le estrelló la cara en la barra. De las diecinueve personas que allí había mirando, dieciocho no hicieron nada. El número diecinueve fue a ayudarla.

A mí también me estrelló la cara en la barra. Ella se rió.


Una noche me pidió que la acercase al centro en mi coche. Me olí problemas, pero la muy putita se había puesto un escote de miedo y unos pantalones tan ajustados que le podía contar los pelos del coño. Accedí y a medio camino me dijo que por 30 euros me chupaba la polla. Ella tenía diecisiete años y me quedé tan cortado que no supe que decir.

Ella me tocaba el muslo y me miraba relamiéndose los labios mientras yo conducía. Lo pensé muy bien y le dije que no. Le dije que no pensaba meter mi polla en una boca que se había tragado los rabos de todos los porreros, camellos, chulos y putos del barrio. Se volvió loca.

Me dijo de todo y se puso a golpearme con el puño cerrado. Tuve que dejar el coche en la cuneta. Ella seguía aporreándome y escupiéndome, insultándome a gritos y dándome golpes sin cesar. También lloraba. Le puse una mano en la boca para que se callase y ella me la mordió;  cuando la herida comenzó a sangrar me la soltó. Miró la herida algo asustada. Sangraba mucho.

Me puse la mano en la boca para contener la hemorragia. Dolía horrores, pero pensaba que la boca de ella había estado allí tan sólo hacía unos segundos y el dolor era más soportable. Miré a Nely y vi que  uno de los pechos se le había salido del escote. Tenía el pezón erecto. Ella se dio cuenta y empezó meter el pecho dentro del escote, pero yo le puse la otra mano encima y se lo volví a sacar. Estaba muy duro y caliente. Ella me dejó tocarlo.

—Si quieres un completo son 100 euros… pero a ti te lo dejo en 75… por lo de la mano. Y porque eres vecino.

No le dije nada. Su pecho era suave y redondo.  Apenas cedía a mi presión de lo duro que era. Nely tenía diecisiete años y sus carnes eran prietas, jóvenes y tersas. Nely era una muchacha muy joven y muy guapa.

Le solté el pecho, arranqué el coche y la dejé en su casa. Ella lloró en silencio durante todo el trayecto. Esa noche intenté masturbarme, pero no pude.




© Kain Orange